Ahorita mismo estoy en Las Condes. Me gusta mucho aquí. La gente es muy cálida y amable. También estoy contenta de que la amiga de Candy, Erika, esté aquí. Me alegro cuando mi hermana tiene buenas amistades.
Le doy gracias a Dios por este viaje porque me ha ayudado mucho a conocer personas nuevas, destinos nuevos y maravillarme de todas las cosas lindas que quedan por conocer. Sin embargo, es inevitable no sentirme decaída.
Una parte de mí se siente tan feliz y satisfecha de saber que mi hermano, Luis Carlos Rubio, está ahora con el Señor Jesús... un lugar en donde ya no hay sufrimiento, ni llanto, ni dolor. Un lugar en donde reina el Amor y la Paz que sobrepasa todo entendimiento.
Pero otra parte no para de extrañar su sonrisa, sus anécdotas del ajedrez, su amor por la guitarra eléctrica, su pasión por los vídeo juegos, su caballerosidad que te destaca entre cualquier hombre, su autenticidad y su capacidad de siempre ver lo bueno en otras personas. Sin ánimos de querer sonar malagradecida... ni todo el oro ni toda la plata de este mundo podrían reemplazarlo. Es imposible. El valor de mi hermano es incalculable. Siempre lo supe. Si pudiese decirle cualquier cosa a mi hermano una última vez, le diría que fue un honor y un privilegio que Dios le placiera escogerme para ser una de sus hermanas trillizas. Y que cuando lo vuelva a ver, que se prepare... porque el abrazo que le daré será TAN fuerte que me da miedo que explote. Te quiero mucho mi manino. Nunca me olvidaré de ti porque si me olvidara de ti no hubiese conocido el significado de la palabra amor (entre hermanos)... y la vida sin amor no tendría sentido.
